En la mañana se
despertó, todo era igual al día anterior. Las cortinas impedían que la luz de
las farolas de la calle se colara en la habitación. El reloj sonaba sin descanso. El perro del
vecino ladraba sin parar, como si alguien o algo lo molestara a tal punto que
no se pudiera aguantar para dar rienda suelta a sus instintos.
Sabía que debía
iniciar su labor, pero las ganas se escurrían por las sabanas. Sin pensarlo
mucho se levanta, tiende de mala gana las cobijas, abre las cortinas y se
dirige a la ducha. Se despoja de su ropa de dormir, ingresa a la ducha; el agua
empieza a caer en su cuerpo, refrescando al tiempo sus pensamientos frustrantes
del día.
Termina su labor
matutina para ir a trabajar. Con la paciencia que le sobra de tanto trajín,
avanza por la avenida en busca de su ruta de viaje. Sabe que siempre a las 5:15
pasa el bus que necesita, siempre es lo mismo.
Se detiene en una
esquina para esperar el bus, en su reloj son las 5:14, y en la esquina por
donde aparece su medio de transporte sigue sola; piensa en lo extraño que
resulta esta situación. Sigue esperando impaciente, checa en su reloj el
inusual retraso. Al parecer no puede esperar más o de lo contrario corre el
riesgo de llegar tarde. Inicia su desplazamiento ligero por los callejones del
barrio. Todas las casas siguen dormidas, pareciera que no viviera nadie en
ellas.
De la nada aparece
en frente de él un hombre, algo joven y de apariencia marginal, se le acerca
tambaleándose, encorvado, la cabeza cubierta y con signos notables de estar
drogado. De su bolsillo saca algo negro, brillante… como un metal; sin tiempo
de reaccionar se escucha un sonido sordo, ahogado, y de repente los
pensamientos frustrantes de un día de trabajo se tornan triviales para alguien
que ve escapar su vida a las 5:30 de la mañana.